La paradoja insostenible

July 26, 2021 3:32 am Published by

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Nos gusta hablar de diseño sostenible, de mercados sostenibles y economías circulares, pero ¿Qué sabemos de la paradoja que encierran las buenas intenciones de este modelo? ¿Sabemos en verdad como se ejecutan, sus partes y mecánica?

La verdad es que sabemos poco y nada y, mucho del diseño sostenible no es más que un eslabón en una cadena de valor aún más grande de lo que podemos controlar. Caer en la tentación de hacer de todo tipo de diseño algo “sostenible” es casi una religión del Antropoceno, donde reina la buena voluntad antes que las certezas de sus acciones.

El desarrollo sostenible posee tres paradojas:

La primera paradoja es la desproporción que existe – por un lado – entre la popularidad y difusión casi explosiva del término -a partir de 1992-, siendo unánime el consenso, en contraposición con su debilidad conceptual y operacional.

Todos los gobiernos e instituciones del mundo sin excepción apoyan este concepto, ¿Quién no quería apoyar algo que suena tan bien y que da tan buenos dividendos, aunque no sepamos de que hablamos?

Desde partidos políticos, programas de gobierno, grandes empresas y ONG utilizan este concepto como un emblema – una ideología nueva de motivación y de esperanza – de todo movimiento popular, contestatario y por cierto muy ignorante del que implica y como se aplica en el diario vivir.

Pareciera que todo se arregla con una política publica o nueva ley que acalle el clamor popular y deje saciado a todos quienes claman por un poco de conciencia o responsabilidad sociales a las empresas y gobiernos de turno.

Finalmente, los industriales son los acérrimos defensores de la utilización de este término, en parte porque ellos han obtenido resultados concretos en lo que concierne a la compatibilidad entre la protección del medio ambiente y el aumento de la competitividad económica, en parte – por un oportunismo comprensible –dado que se trata de un concepto admirablemente fácil y poco costoso para ser utilizado en el marketing de productos y de la gestión de cualquier empresa.

Es el concepto más “políticamente correcto”, y cuidado con quien diga lo contrario; funa garantizada.

La segunda paradoja deriva de la divergencia que existe entre la enorme cantidad de planes, proyectos, reuniones y conferencias, promesas y documentos oficiales sobre el desarrollo sustentable por parte de los gobiernos y las acciones realmente ejecutadas; sino recuerden el papelón que hicimos como país anfitrión de la COP 25, donde la ministra de medioambiente de la época,  solo pudo dejar en claro al mundo que estaba ahí por algún favor político mas que por su interés o conocimiento del tema.

La verdad es que las acciones de desarrollo son realizadas principalmente por iniciativas y capitales privados, que superan por mucho la magnitud de los fondos públicos. Mientras los gobiernos hablan, otros hacen el trabajo.

Los gobiernos tienden a decretar el escenario ideal para el desarrollo sostenible antes que preocuparse de crear las condiciones institucionales para su aplicación, tanto en el estado como la información permanente hacia la ciudadanía, para crear un nicho estructural que habilite y estimule su desarrollo permanente.

En general, esas instituciones se han vuelto demasiado grandes, pesadas y centralizadas para poder hacer frente a los problemas de la vida cotidiana, incluso para hacerse comprender por los ciudadanos y para poder captar sus aspiraciones, y demasiado ineficaces – en un mundo abierto y globalizado – para resolver los problemas de tipo planetario.

La tercera paradoja es que, a pesar del escepticismo y del pesimismo reinante, que son casi generales, hay cada vez más ejemplos concretos en la práctica – y en todo el mundo – de verdadero desarrollo sostenible, aún si muchos de esos desarrollos no son conocidos ni por los mismos gobiernos ni por los investigadores, y a veces se confunde lo “sostenible” con lo “sustentable”.

Muchas buenas ideas y proyectos que llevan años en ejecución no son valorados como proyectos sostenibles, por su alcance, su escala o el reconocimiento académico de sus trabajos.

Es sabida la burocracia y mala gestión en el desarrollo de los indicadores para determinar la sustentabilidad por parte del estado, quedando “los mismos de siempre” -grandes empresas con el capital suficiente- dentro de la categoría.

El diseño es hoy una herramienta que en nuestro país aún carece de una validación técnica en estos temas y a la cual le pesa el estigma de tener que validarse ante los clientes para poder hacer cosas más grandes. ¿Será solo una cosa de actitud o debemos meternos más enserio en un campo donde nadie nos cree valiosos aun?

Es cosa de tiempo, conciencia y valor. ¿Pero quiénes están dispuestos a gastar todo eso?

Rafael Chávez Sepúlveda.
Director/ El Diario Diseño.