Diseñando en el tejado

September 14, 2020 2:13 am Published by

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Teletrabajo, digitalización corporativa, el internet de las cosas y las ciudades interactivas; todo sonaba a futuro a innovación y calidad de vida y de repente, todo se desvaneció.

El sueño de la carretera digital se desmoronó cuando tuvimos que hacernos cargo de hacerla real, de meternos en el carril de alta velocidad de la carretera al futuro solo para darnos cuenta de que seguimos en un camino de tierra hacia ningún lado. Otra vez estamos al debe.

La promesa del internet de alta velocidad, de una legislación en tema de derechos digitales y el desarrollo de nuestra propia tecnología avalados por el “nuevo oro blanco” que se suponía son los más grandes yacimientos de litio del mundo, elemento básico para el desarrollo de baterías que propiciarían el desarrollo de autos eléctricos más eficientes, paneles solares y cuanta tecnología fuese posible, son solo eso; promesas que no se han podido cumplir y que hoy solo hacen evidente la carencia de ella.

Somos pobres en el más país rico en el único elemento que podría cambiar toda la forma de repensar nuestro entorno. Hoy seguimos subyugados a los vaivenes de las guerras comerciales entre USA y China, por el 5G, su tecnología y de cuanto litio nos compraran para convertirlo en la tecnología que nos van a vender. Hablar de derechos digitales y redes públicas que aseguren un acceso universal al conocimiento y a opciones de desarrollo laboral digital parece un chiste malo y repetido por todos los gobiernos de la última década.

El sueño de la conectividad universal garantizada como derecho, también nos prometía más independencia, más accesibilidad y oportunidades laborales. Hoy solo dependemos de la intermitencia de un vetusto sistema de telecomunicaciones en donde prima la poca oferta y una excesiva demanda; donde el poder trabajar de forma remota es la única forma de subsistir y donde los alumnos deben conectarse desde una plaza o desde el techo de la casa para captar una red de internet pública o de la buena voluntad de algún vecino con wifi abierto. Suena ridículo, ¿pero te imaginas tener que hacer eso para una reunión de trabajo o entrevista laboral?

El camino forzado a la conectividad remota nos ha obligado a convertirnos a ella, cuando tuvimos años para asimilarla de forma más amigable. Muchos pasamos por cursos relámpago para aprender a usar los medios donde poder hacer clases, tener los equipos y las redes mínimas para soportarlos y cambiar todo el formato y modelo de vida para seguir cumpliendo con nuestra profesión.

No se puede correr antes de aprender a caminar,y hemos aprendido a rasmillones de rodilla y caídas feas en un camino que aún se ve largo, en subida y lleno de hoyos invisibles.

Hoy estamos como el violinista en el tejado, pensando que “si yo fuera rico”, podría evitar todos estos sufrimientos que un virus invisible a la vista, logró hacer visibles a toda una sociedad, obligandonos a adaptarnos a su nueva realidad.

¿Cómo responderá el mercado del diseño a futuro? ¿La ventaja competitiva estará en quien tiene un mejor computador antes que un mejor proyecto? ¿podremos adaptarnos todos o es el fin para la vieja escuela?

Quiero ser positivo ante tanta evidencia de lo contrario. Quiero pensar que esto ha logrado forjar a las generaciones de estudiantes de diseño más preparadas en años en cuanto a contenidos conceptuales, en resiliencia, en empatía y trabajo en equipo, quizás sean ellos los que puedan responder a las preguntas que nos plantea lo que para quienes estamos en una transición del mercado físico/virtual aún nos es raro e incómodo.

Esto va a pasar y quedarán aprendizajes. Toda cicatriz cuenta una historia, esta será la nuestra.

Rafael Chávez S.
Director / El Diario Diseño