19 millones de diseños

April 20, 2020 3:32 am Published by

pieza

El Covid ya nos infectó a todos. Si bien no todos están enfermos, estamos sufriendo las consecuencias de su infección a un nivel socio-emocional nunca antes visto.

El virus ha mutado nuestras mentes y ahora nos provoca ansiedad y depresión hasta a quienes nos creíamos fuertes y nunca habíamos visto siquiera de lejos este tipo de situaciones.

Cuando pensamos que bastaba con quedarse en casa, el encierro se encargó de incubar todo lo malo que ya suponíamos superado y controlado.

Hemos comenzado a repartir el virus de forma inconsciente a través del miedo, las fake news y la paranoia de la desinformación. Ahora tenemos la evidencia a todas las demandas que algunos negaban en el estallido social y ahora debemos aceptar sin más sus consecuencias: estamos encerrados y a merced de un sistema precario, injusto y mal administrado.

Cuando se instruye educar a distancia, se dan cuenta que el 40% de los niños y jóvenes no tiene Internet y menos un computador, cuando dicen que usen seguro de cesantía se dan cuenta que dos millones trabajan informalmente, cuando piden hacer un esfuerzo de no despedir a la gente, se dan cuenta que 80% de las pymes están endeudadas y deben ayudarlas, cuando piden no usar transporte público, se dan cuenta que el 70% de las familias no pueden dejar de trabajar y se desplazan sin auto, cuando piden lavarse las manos varias veces al día, se dan cuenta qué hay sectores del país sin agua potable.

Los problemas suman y siguen y, en resumen, se dieron cuenta que deben gobernar la pobreza y mala calidad de vida, no el país soñado ad portas del desarrollo. Entonces ¿a quién culpamos ahora?

Ya no es solo un gobierno ineficiente, ya no es solo una figura pública. Hemos comenzado a culpar a nuestros amigos, colegas, profesores. Los que quedamos en la primera línea entre el problema y las soluciones temporales somos quienes comenzamos a ser el blanco de la rabia que se acumula por obligación dentro de cada hogar, literalmente encerrado en sus problemas. Se está acrecentando una angustia con cara de odio que nos hace descargarnos de forma ciega y violenta contra las personas equivocadas.

El usuario centro de nuestro diseño, es uno que ahora sabe lo que quiere, pero no como más allá de ver rodar cabezas. ¿Cómo podemos entonces diseñar para ellos, cuando se ciega la humanidad del ser?

¿Es el profesional de salud el responsable de la falta de insumos o la mala gestión del hospital? ¿es el profesor responsable de los sistemas de clases en línea y la conexión a internet? ¿Es el chofer del micro responsable de la calidad del servicio? No, pero la cuerda se corta siempre por la hebra más delgada, ese nexo entre el producto y su implementación, donde es más fácil putear al chofer al cajero o al profesor, antes que comprender que todos somos parte del contexto del problema.

Y al fin del día, somos todos seres humanos, impotentes e incapaces de aportar toda la empatía que quisiéramos. Hemos fallado, pero podemos corregirlo.

No nos dejemos consumir por la impotencia y la rabia de las situaciones que no podemos cambiar. La cuarentena es pasajera, pero el daño que hagamos a nuestras familias, amigos y colegas puede ser más duradero por no haber sido capaces de controlar el virus social.

El diseño parte por casa, parte por uno. Somos el reflejo de nuestras acciones, y aunque parezca paradójico, somos la necesidad que se resuelve así misma. El diseño social hecho por los usuarios es la clave. El diseño colaborativo es la clave, es la nueva fuerza productiva que salva esta ya decaída situación.

Hoy ya no podemos esperar que las cosas se soluciones por si solas o por el ineficiente de turno, hoy todos somos diseñadores; capaces de observar de primera mano los problemas e intentar crear nuevas soluciones, más creativas, eficientes, eficaces y con lo que hay a mano.

Hoy todos diseñamos, todos aportamos.

Rafael Chávez S.
Director/El Diario Diseño